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martes, 8 de marzo de 2011

ANÉCDOTAS PRESIDENCIALES DE SONORENSES

Por Gilberto Escobosa Gámez



GENERAL PLUTARCO ELIAS CALLES.
En una ocasión, siendo presidente de la República don Plutarco Elías Calles, escuchó que uno de sus secretarios, Juan Manuel Caussaranc, le decía:
“General, para mí y la mayoría de los mexicanos, esta administración federal ha sido la mejor de este siglo, aun cuando algunos dicen que la supera la anterior”.

El general quedó unos segundos pensativo y luego exclamó:

“Gracias, Juan Manuel, sé que eres sincero al decirlo; pero toma en cuenta que en el gallinero de la política no siempre la gallina que pone e
l mejor huevo es la más aplaudida, sino la que lo sabe cacarear mejor”.





GENERAL ALVARO OBREGÓN.

Cuando era presidente el general Álvaro Obregón, él y doña María su señora, se hicieron muy buenos amigos del embajador argentino y su esposa, al grado de que se visitaban con frecuencia. Por eso, cuando llegó la orden al diplomático de que regresara a Buenos Aires para otorgarle una nueva comisión, la embajadora brindó una cena a los Obregón, con varios platillos de cabrito, como se acostumbra en las Pampas.
La cena transcurría animada y muy complacida la embajadora veía cómo el general pedía más cabritos, entonces ofreció al presidente: “Cuando lleguemos a nuestra patria enviaré cabritos para que los prepare el cocinero de la Embajada y se los mande a su domicilio”.
Ante el ofrecimiento, Obregón exclamó:

“Me parece un poco difícil, señora”.

- ¿Por qué general? –preguntó la dama.

“Porque cuando salgan de Argentina los animales van a ser unos cabritos, pero cuando lleguen a México, yo no serán cabritos sino...”

En ese tiempo no había carreteras internacionales ni vuelos de pasajeros, siendo las comunicaciones muy lentas, solamente por barcos. Por eso temía el presidente que los cabritos crecieran en el trayecto.

En agosto de 1915 el Ejército del Noroeste, al mando del general de división Álvaro Obregón, entró en la Ciudad de México, victorioso. Al frente de la primera columna iba su comandante, a caballo, flaqueando por su estado mayor. La marcha era hacia el Palacio Nacional. Los balcones y las aceras por donde iba la cabalgata, estaban llenos de gente que aplaudía a los jinetes, en su mayoría jóvenes norteños, altos y robustos, portando ropa de kaki y sombrero tejano.

Cuatro a cinco cuadras antes de llegar al antiguo palacio de los virreyes, había una manta, de acera a acera, bajo la cual pasarían los revolucionarios, con una efigie mal dibujada de don Venustiano Carranza que, al verla uno de los generales, disgustado exclamó:

“¡Qué mal pintado está el primer jefe!”, a lo que respondió Obregón:

“Pero parece que quiere hablar don Venustiano”.

Sorprendido el crítico de la efigie de Carranza, insistió:

“Pero mi general, ese dibujo del señor Carranza está muy mal hecho”.

A esto, el general Obregón repitió:

“Parece que quiere hablar el primer jefe...” para luego agregar:

“Para recordarle la madre al que lo pintó”.

Era sabido que el general Obregón se sentaba con las piernas abiertas, al grado de que cuando viajaban en un tren ocupaba él solo, un asiento, con el consiguiente disgusto de otros viajeros. Esta molestia la causaba, por supuesto, cuando todavía no se encumbraba políticamente.

En una ocasión, siendo presidente municipal de Huatabampo, abordó un tren en Navojoa y al rato una señora con seis niños, intentó acomodar a su prole en el asiento vacío y el que ocupaba el después general, cosa que resultaba imposible. El carro iba lleno y no podía disponer de otros lugares. Por eso la prolífica mujer exclamó en voz baja, como hablando para sí misma:

“Sí el señor no abriera tanto las piernas, cabríamos todos en los dos asientos”.

A esto don Álvaro respondió:

“Y si usted, señora, no hubiera abierto tantas veces sus piernas, también cabríamos”.

En 1916 después de la invasión de Villa a Columbus, Nuevo México, en Estados Unidos se desató una campaña periodística contra nuestro país, pidiendo a su presidente que declarara la guerra e invadiera México. Todo parecía que los yaquis invadirían el territorio mexicano.

El señor Venustiano Carranza opinaba que el divisionario Álvaro Obregón era el único general mexicano que podía detener durante un mes o más, al Ejército estadounidense, mientras la Secretaría de Relaciones Exteriores, hacía trámites para comprobar que ese asalto fue cometido por un hombre que se encontraba fuera de la ley y que también estaba causando grandes daños a México. Ante ese grave problema con que se enfrentaba el presidente Carranza, nombró al general Obregón secretario de Guerra.

Con ese motivo, los principales jefes del Ejército le brindaron un banquete en el centro de reuniones sociales “Son-Sin” (Sonora-Sinaloa), de la Ciudad de México. En la mesa del festejado se encontraban varios jefes revolucionarios y, sin saber como, estaba un joven a quien nadie conocía, pero todos pensaban que podía ser hijo de uno de los presentes; por eso le soportaban todas sus impertinencias al inmiscuirse en las pláticas de los militares.

En una de sus impertinencias, preguntó a Obregón:

-¿Cuántos años tiene usted, general?. Mi mamá dice que por su edad podría ser mi papá.

El divisionario, aburrido de la presencia de aquel intruso, le respondió:

“Pues dile a tu mamá que yo no quise”.

Todos los presentes rieron ruidosamente por la ocurrencia del sonorense. Sólo el joven, calladamente y avergonzado salió del lugar.

Fuente:http://www.contactox.net/index.php?option=com_content&task=view&id=1700&Itemid=53

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