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domingo, 6 de febrero de 2011

EL MITO DE LOS NIÑOS HEROES


Enrique Plascencia de la Parra, investigador de la UNAM, en un artículo publicado en Historia Mexicana, en su número de octubre-diciembre de 1995, aclara muy bien el alcance de la historia y del mito de los cadetes que murieron bajo las balas de los gringos en 1847. Antes debo decir que José María Roa Bárcena, el cronista de la invasión, para nada menciona a esos héroes y que "México a través de los siglos", la historia oficial porfiriana, tampoco aporta mayores datos. El estudio de Plascencia de la Parra, utilizando todas las fuentes documentales disponibles afirma que, por principio de cuentas, los "niños" fueron realmente jóvenes rebeldes: desobedecieron las órdenes de don Nicolás Bravo, director del Colegio Militar, quien, al verse sin armas ni parque, ordenó que se fueran a sus casas y no estorbaran. Miguel Miramón, cadete disciplinado, se escapó así de ser niño héroe. Las leyendas que contamos a nuestros niños en primaria: que uno se envolvió con la bandera, que otro ofreció el pecho a las bayonetas gringas, que otro, ya sin parque, se defendió con su espada son muy probablemente mitos y leyendas: nada de eso está documentado, como no sea que murieron en Chapultepec. Ciertamente sin quitarles lo indisciplinado, fueron valientes porque esos días y durante todas las batallas, Molino del Rey por ejemplo, era vergonzosa la deserción de nuestros soldados que huían por las noches en vísperas de las batallas. Nadie podrá negar que, sea lo que sea y a diferencia de los miles de desertores, los cadetes indisciplinados tuvieron hombría y valor. Consta que en 1849 hubo una ceremonia para recordar a los cadetes caídos y en 1851, en una ceremonia cívica para festejar la independencia, el día 15 en el teatro nacional, el joven Miguel Miramón pronunció un discurso en que recordó a sus compañeros muertos y mencionó sus nombres. Un año después se les comenzó a llamar "niños". Fuente: Jesús Gómez Fregoso, historiador y académico de la Universidad de Guadalajara (v.pág.20 del periódico Público del 13 de septiembre de 2002).