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jueves, 20 de enero de 2011

Manuel R. Uruchurtu. Un héroe desconocido



Manuel R. Uruchurtu
un héroe desconocido Que ofreció su vida para que otra persona pudiera salvar la suya, es de origen mexicano, de nuestra orgullosa Cd de Hermosillo.


La historia del Titanic, empieza y termina en ese primer viaje, rumbo a Nueva York. Es considerado el barco más grande y lujoso del mundo, razón por la cual los pasajeros de primera clase que viajaban a bordo representaban la flor y nata de la sociedad angloamericana del momento, se estima que a bordo hay un total de 2227 pasajeros. Luego de 4 días de navegación, en la noche del 14 de Abril de 1912 choca con un iceberg y se hunde con 1500 almas a bordo.
Se consideraba insumergible y se llego a decir de él “que ni Dios podía hundirlo”.

Manuel Uruchurtu fue una de esas almas. (Nace en Hermosillo, Sonora, el 12 de junio de 1872, - fallece el 14 de abril de 1912, en alta mar), es conocido por ser el único mexicano que pereció abordo del Titanic. Miembro de una familia pudiente, el joven Uruchurtu viajó a la ciudad de México para estudiar abogacía en la Universidad Autónoma de México (UAM).

Luego se casó co
n su compañera de estudios, la aristócrata Gertrudis Caraza y Landero con quien tuvo siete hijos. Él y su familia se establecieron en México, D. F. Su amistad con el estratega porfirista Ramón Corral le brindó la oportunidad de ser muy conocido en la vida política del país. Sin embargo, la caída y destierro de Porfirio Díaz en 1911 afectó al ilustre abogado.

Luego de convertirse en diputado, en 1912 decide ir a Francia a visitar a su amigo el también desterrado Ramón Corral. El 1 de marzo de ese año se efectúa el encuentro entre Manuel Uruchurtu y Corral. Cumplido su cometido, el sonorense compra su boleto para viajar el 10 de abril en el barco París de Cherburgo, Francia a Veracruz, México.
A finales de marzo o p
rincipios de abril de ese año Uruchurtu, hospedado en el Hotel París, recibe la visita de Guillermo Obregón, yerno de Ramón Corral y presidente de la Gran Comisión de la Cámara de Diputados. Obregón había pagado un poco más de £ 27 (hoy casi 100,000 dólares) por un boleto de primera clase que le permitiría navegar en la maravilla llamada Titanic, pero había cambiado de parecer y deseaba intercambiar boletos, a lo que Uruchurtu accedió; Guillermo Obregón viajaría en el París y Uruchurtu en el Titanic con el boleto No. P C 17601. La noche del 8 de abril le ofrecieron a Uruchurtu una cena de despedida en París, con los exiliados leales a Porfirio Díaz a donde asistió gente como Corral, Obregón y el diputado Crespo Limantour, hecho que provocó que se desvelaran y, en la mañana del día 9 salieran tarde hacia la estación central de París con la sensación de que "Manuel perdería el tren hacia Cherburgo", pero, coincidentemente, el tren tuvo un retraso que le permitió abordarlo.
Y el 10 del mismo mes envió a su madre, en Hermosillo, Sonora, una postal diciéndole que la foto se trataba ni más ni menos que del barco en el que viajaría, que llegando a México la visitaría en Hermosillo para platicarle todo acerca del viaje en el famoso barco. Ese mismo día, en Cherburgo, él abordó el Titanic junto con 273 pasajeros más.
La noche en que el Titanic chocó contra el témpano de hielo, domingo 14 de abril, de 1912 cuando, en medio de una noche clara y sumamente estrellada, el trasatlántico gigantesco bautizado con el nombre de Titanic y cuyo costo había sido de 7.5 millones de dólares naufragó. De pronto los pasajeros escucharon siete campanadas. Eran las 11:30 horas. A partir de ese momento se empezó a vivir el peor de todos los desastres que se hayan registrado en el Atlántico Norte. Como viajero de primera clase, en calidad de legislador por su país y en misión oficial (tal y como fue registrado en la lista de pasajeros), un señor joven, muy bien vestido, de ojos grandes y particularmente oscuros, ya estaba a bordo de la lancha salvavidas. El destino quiso que se subiera en la que tenía la letra "C". Era la última de las escasas 20 que por error habían previsto para los 2 mil 200 pasajeros. "¡Ya no hay un solo lugar!", gritó de pronto el oficial James P. Moody frente a la multitud de pasajeros desesperados por salir de aquel infierno. En efecto, entre mujeres, niños y hombres, la pequeña embarcación estaba a reventar, no cabía un solo alfiler. Por fin la barca estaba a punto de ser lanzada del estribor a las 12:20 am hacia el mar, cuando súbitamente algo la hizo pararse. Una de las reatas se había enredado con una de las láminas a punto de desprenderse del casco del enorme barco que pesaba 42 mil 185 toneladas y medía 269 metros de largo. Por más que los marineros hacían grandes esfuerzos por descenderla, no lo lograban. Frente a los que ya estaban embarcados en la lanchita, seguían llegando de más en más pasajeros suplicando que los salvaran a ellos también. "¡Please, help me, help me!", gritaba una mujer con los brazos extendidos. Sus gritos denotaban una desesperación conmovedora, tanta, que el joven pasajero, la miró con compasión. La señora Elizabeth Ramelle lo advirtió y acercándose lo más posible hacia la barca, se dirigió directamente a él: "Señor, mi marido y mi hijo me esperan en Nueva York. ¡Ayúdeme por favor! No me han permitido subirme a ninguna lancha porque soy pasajera de segunda clase", le rogó con las lágrimas en los ojos. Los oficiales se negaron a subir a alguien más al bote, ya que pondría en peligro la estabilidad de éste. Al oír sus gritos y ante la imposibilidad de que la mujer abordara la barca, en un acto de inusitada "caballerosidad", más que de heroísmo, el legislador de los ojos oscuros se puso de pie y decidió desembarcar cediendo su lugar a Elizabeth Ramelle. Más, adivinando su segura muerte, “ le pido un favor", le rogó el legislador mexicano, "en la primera oportunidad que vaya a Veracruz, México le suplico que busque a mi familia y le narre todo lo que ha sucedido aquí. Mi nombre es Manuel R. Uruchurtu".

Atrás de ella se escuchaba la música Nocturno Opus 9 No. 2 de Chopin, interpretada por el cuarteto de cuerdas que no dejaba de tocar la música en ningún momento.
Elizabeth Ramell Nye salvó su
vida al ser rescatada; no así Uruchurtu quien falleció en el hundimiento del Titanic. Tiempo después se descubrió que Elizabeth Ramell había mentido a Uruchurtu, ya que ni era casada ni tenía hijo alguno.
No obstante, esta dama inglesa cumplió su promesa y en 1924 viajó a Jalapa, Veracruz a contar a la esposa del diputado, Gertrudis Caraza y Landero viuda de Uruchurtu, en presencia del entonces Coronel Joaquín Pita, íntimo amigo de la familia y quien se encontraba con la viuda para darle el pésame.

Fuentes:Un mexicano en el Titanic. Alejandro Garate Uruchurtu
Reforme. El PRI y el Titanic. Por. Guadalupe Loaeza


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