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sábado, 29 de enero de 2011

Era cada vez más difícil para la Corona española gobernar a la Nueva España


Con una superficie de más de 4 millones de kilómetros cuadrados, desde los actuales territorios de Arizona, California, Nuevo México, Texas y Florida hasta Chiapas. El viaje de la ciudad de México a las lejanas poblaciones del Norte duraba 5 meses, en tiempo de secas. Era cada vez más complicado el muy difícil arte de gobernar en territorios distantes no sólo geográfica sino culturalmente. Y, si bien el mosaico de la economía era muy variado, la minería seguía siendo, en 1808, algo así como el petróleo para el México de 2008.

A fines del siglo XVII, la producción de metales preciosos era de casi 20 millones de pesos y en 1808 llegó al apogeo histórico de 122 millones. Desde 1730 se había iniciado la modernización de la Casa de Moneda, que aceleró la producción de plata, y para 1808 esa institución contaba con casi 500 empleados y podía acuñar más de 30 millones de pesos al año. Ante el descontento de los criollos, los mineros y los comerciantes eran en su mayoría peninsulares. Si bien los hacendados eran en su mayoría nacidos en América, los comerciantes procedían de las provincias vascongadas, Santander, Cataluña y Asturias. Las prácticas monopólicas del gremio les permitían acumular cuantiosas fortunas. Tuvieron la inteligencia de ir emparentando con los hacendados, y se fue tejiendo una red de alianzas familiares entre los grandes propietarios de la tierra, los mineros y los comerciantes, de suerte que la élite económica de la Nueva España fue siendo de los gachupines.

En los criollos se fue formando la persuasión de la injusticia de que los fuereños, gachupines, fueran los amos de la riqueza de estas tierras, cuyos nativos eran los sirvientes de los de fuera. Criollos y mestizos iban formando la idea de que la madre no era España, madrastra, sino aquella de la que Benedicto XIV, al ver la imagen de la Guadalupana, expresó: "No hizo nada igual con ninguna otra nación". De ahí brotó en buena parte el orgullo religioso criollo.

En 1790, José Ignacio Bartolache escribió un Opúsculo Guadalupano, en el que afirmaba que la tela en que se imprimió la imagen no era el ayate de Juan Diego, sino la capa del apóstol Santo Tomás. Luego Ignacio Borunda afirmó que la piedra del Calendario Azteca representaba en jeroglíficos la fundación de México-Tenochtitlan por Quetazalcóatl y Santo Tomás. Poco después, fray Servando Teresa de Mier trató de fundamentar esa idea que la Iglesia Católica mexicana no aprobó, y el entusiasta fraile fue condenado por la Inquisición y enviado al exilio en España, donde permaneció por muchos años.

Jesús Gómez Fregoso, historiador y académico de la Universidad de Guadalajara
(v.pág.19 del periódico Público del 14 de marzo de 2008).

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