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sábado, 29 de enero de 2011

Carranza empacó todo: papel membretado de la presidencia, su guardia presidencial y nada menos que el tesoro nacional barras y barras de oro


El 5 de mayo de 1920, mientras Obregón se disponía a desfilar con sus tropas victoriosas por las calles de la capital, don Venustiano organizaba su convoy de veinte trenes con destino a Veracruz. El norteño empacó todo: papel membretado de la presidencia, su guardia presidencial y nada menos que el tesoro nacional: barras y barras de oro con lo que respaldaba sus despreciados "bilimbiques" con su águila de alas desplegadas:

"El águila de Carranza
es un animal muy cruel:
se traga toda la plata
y caga puro papel",

decía la gente indignada mientras salía la caravana con el primer jefe. A medida que los trenes se alejaban de la capital, comenzaron los ataques de las tropas de Obregón: ya en Villa de Guadalupe sufrieron bajas y la pérdida de varias locomotoras. Luis Cabrera, Juan Barragán y los fieles que acompañaban a don Venustiano estaban pesimistas al ir viendo los constantes ataques de que eran víctimas a cada paso del recorrido. En la estación Aljibes, todavía muy lejos de Veracruz, se vio que era imposible seguir. Dejaron los trenes y, a caballo, emprendieron el camino hacia la sierra de Puebla. El plan era llegar a Tampico, o continuar hasta Laredo.

La desesperada comitiva pasó por Zacatepec, Tetela de Ocampo, por Cuautempan y Patla. Ahí encontró a los figutivos Rodolfo Herrero, uno más de los miles de traidores de la historia, igual de torvo y ladino que Miguel López o Elizondo, el que entregó a don Miguel Hidalgo, taimado e hipócrita como Jesús Guajardo. Herrero se ofreció a guiar y proteger "al Señor Presidente" hacia Tamaulipas y hasta la frontera. La noche del 20 de mayo llegaron a Tlaxcalantongo y, en una choza de carrizos y techos de paja, se dispusieron a pasar la noche... el fugitivo debió pensar en mucha gente que él mandó matar: Felipe Angeles, más que nadie, sobre quien dio la consigna de condenarlo al paredón. Debió pensar en Zapata, al que persiguió con saña, aun con los maquiavélicos tratos de Guajardo en Chinameca. Debió pensar en la muy larga lista de gente que él persiguió... lo cierto es que, en medio de una tormenta torrencial, acompañada de rayos y truenos, se dejaron oír otros muchos truenos de máuseres y rifles. La cabaña quedó hecha una coladera.

Extracto de un artículo de Jesús Gómez Fregoso, historiador y académico de la Universidad de Guadalajara
(v.pág.18 del periódico Público del 27 de julio de 2001).

1 comentario:

ardc dijo...

El dicho popular de el águila cruel de Carranza provocó una gran molestia en el mandatario. El cual ofreció una recompenza por quién apresara o denunciara al autor de tales dichos. Lo que povocó que surgieran otros aún más jocosos:
"Recompenza se propone,
y con que va a ser la paga?,
con lo que águila come
o con lo que águila caga?"

Tomado de "Anecdotario Político Mexicano"

Saludos